
A medida que se engarzan en su luminosidad van soltando sus jugos exquisitos dándole forma al todo increíble.
Mira, hijo mío: Una biblioteca no es nada. Y también puede serlo todo. Depende de su uso. Puede ser una lata o un obstáculo insalvable, pero también la semilla de la que nazca un hombre nuevo, aúreo, decisivo, fundamental.
Ahora se dedican al vano palabrerío muchas esperanzas pero en el camino se producen imperdonables olvidos. Nunca se te olvide que si escribes es para divertir, para que te lean, para que te lo pases genial primero tú escribiendo y luego, una vez que esa genialidad sepas transmitírsela a los demás, se lo pasen genial tus espectadores lectores.
Ahora con las palabras gastadas, desprovistas no sólo ya de oro, sino de plata, cobre.. etc, ni siquiera llegan a ebúrneas que son las marfileñas, se perpetran notables crímenes del aburrimiento que ahuyentan para siempre a los bien intencionados.
Vivimos en una sociedad en la que se citan como admirables obras que no se han podido leer del todo, porque son ilegibles. Si llegas a la página 50 de una que tenga 300 ya es toda una obra maestra. Los inquietos principiantes las citan como cumbres del talento. Y ese es el talón de Aquiles de la novedad: Basarse en la admiración de lo que no es admirable.
Entremos en la historia con el alborozo que produce la experiencia única e inolvidable.
Vayámonos a la juerga como al Carnaval.
Los tesoros aguardan interpretables para quién se aventure a darles vida con la mirada actual.
Toda la memoria del mundo es una cosa muy hermosa que no podemos tratar como si fueran grises banalidades incoloras y sin misterio.
Acerquémonos al tesoro como si de un hito y rito venerable se tratara.
Sólo así resplandecerá lo valioso.
Saber contar una historia no es suficiente. Hay que saberla aderezar de luces incandescentes para que el oh de la admiración no se nos caiga de la boca.

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