miércoles 11 de enero de 2012

JARMUSCH EN ESPAÑA: LOS LÍMITES DEL CONTROL

LA GENIAL PAZ DE LA HUERTA






ISAAC DE BANKOLÉ CON TILDA SWINTON
EN LA PLAZA DE SAN ILDEFONSO,
POR FUENCARRAL.




BANKOLÉ VIVE EN TORRES BLANCAS
LA OBRA MODÉLICA DE SAENZ DE OIZA, FINANCIADA POR HUARTE.


Por fín puedo ver esta curiosa película, al final decepcionante, para que no todas las de Jarmusch sean obras geniales y maestras. Sí que hay quinta mala. Esta es la quinta suya que veo.

Después de "Dead man", la mejor; "La del samurai", asombrosa, "Flores Rotas", otra coña marinera donde ya empieza a tratar de la nada, y "La de la noche y los taxis", 5 obras maestras en una. La culpa de este extraño desquiciamiento, de la supuesta maldad de "Los límites del control" la debe tener España. Aunque es una maldad muy divertida. Y comentable.

La relación poética de Jarmusch con España es parecida a las que tuvieron Hemingway, el mismo Orson Welles, y no digamos su admirado Nicholas Ray. España les distrae, les saca de sus quicios, les hace trabajar poquísimo, y enseguida se creen que toda España es Andalucía.

De todas maneras como puede verse "Los límites del control" es una mala película muy incontrolable y también muy interesante por muchos motivos paralelos. Y siempre sin límites.

La película transcurre en Madrid, Barcelona, Sevilla y unos pueblos y desiertos de Almería.

En los viajes, casi todos en tren, suceden los primeros anacronismos desternillantes: Para ir desde Madrid a Sevilla, por la ventanilla del tren se ven las tan visuales choperas de Granada, o los molinos de viento, de estos modernitos de tres aspas, que abarrotan Tarifa por ejemplo.

¿Qué pintan desde Madrid a Sevilla por la ventanilla del Ave los chopos de la vega de Granada que no se encuentran en ese trayecto?

También para ir de Sevilla a Almería el protagonista toma un tren donde pasa la noche y Renfe en ese trayecto no tiene trenes nocturnos con literas. Los trenes que hay van siempre de día. Ja, ja, ja. Lo mismito.

Como cuando Orson Welles ponía en Mister Arkadin el Acueducto de Segovia, o el castillo, y en el contraplano salía el Escorial, como si estuvieran pegados el uno al otro, ambas obras de arte, para que quedara muy precioso el decorado.

Estas irreverencias geográficas tan reincidentes al final dan mucha risa.

¿Para qué escribir un guión? Esto huele a práctica de escuela de cine para aprobar la asignatura de dirección. Las manías del protagonista, dobles tazas de café, los exóticos encuentros, todo muy Jarmusch. Y muy divertido. Pero que no pase nada, por favor.

Al final el protagonista aparece de pronto dentro de una casa fuertemente vigilada en la que nadie puede entrar y le preguntan: ¿Cómo demonios ha entrado usted hasta aquí? La respuesta gratuita es puro Jarmusch: Cosas de mi imaginación.

Sale de Torres Blancas y aparece en la Plaza de San Ildefonso, como si estuvieran al lado, y hay medio Madrid de por medio.

El sur les afecta muchísimo a estos visitantes. Para ellos todo es sur.

En cuanto llegan a Sevilla deliran y pierden las energías. Se derriten.

Yo siempre he dicho que rara es la novela andaluza, o sevillana, que pasa de las cien páginas. Porque se van de copas los autores, que es mucho más divertido irse de copas que ponerse a escribir en Sevilla. Jarmusch aquejado de esta conocida fascinación decide olvidarse de que haya guión, no lo necesita. La fascinación anda por la magia del ambiente. Ese es el mejor guión. Y lo mismo te pone una saeta de Semana Santa de fondo por calles sin procesiones, que mete a su protagonista en un tablao de flamenco aunque esté cerrado, pero se queda a ver un ensayo, para que sonría de gusto la única vez que sonríe en toda la película, siempre tan serio el negrito con sus trajes deslumbrantes acharolados, de alpaca de la buena. Hortera films presenta.

Una película que hay que ver para compararla con las demás de este poeta. Para que no te guste nada. Y luego digas, anda pero si... Puro Nicholas Ray. Igual de loco. Pobrecito, va a terminar muy parecido. Pero mientras tanto que le quiten lo bailado.